Recuerdos de campo...
La mañana nos envolvía de a poco, rápidamente corríamos hasta la pequeña cocina de la abuela, tostadas, cocoa, mermelada o dulce, todo estaba alli esperándonos. Comíamos con ganas, después de una gran noche de descanso. Pero el apuro no era la comida sino partir raudamente en busca de nuevas aventuras.
Junto a mi hermano, salíamos en dirección al río, tomábamos nuestras bicicletas, cañas, rifles, honderas, todo lo que fuera posible para divertirnos. Montábamos raudamente y nos encaminábamos al destino.
Las calles eran de conchilla, la ruedas tendían a trabarse, había que hacer bastante fuerza para llegar hasta el río, desviábamos al monte, porque era bastante más divertido, aunque sabíamos que lo teníamos terminantemente prohibido. Continuamente nos decían de la cantidad de serpientes que había por los pajonales, pero igual seguíamos en dirección al sendero, que nos llevaba hasta un pequeño puente perdido en el tiempo. La vegetación era tupida, nos rodeábamos de grandes arboles. Un lindo plan para la cacería furtiva del día. Pero era por un fin noble, llevar el alimento a la serpiente del museo, que servia para extraer el suero antiofídico para el hospital regional.
Tirábamos las bicicletas a los lados del sendero, por lo general nos sacábamos las zapatillas para hundir nuestros pies en los cangrejales, evitando de esa manera que el barro nos delatará más tarde frente a la abuela.
Por la mañana el barro estaba demasiado frío con respecto al calor que empezaba a apretar de apoco. Los cangrejos se asustaban a medida que nos metíamos en el agua. Por lo general tomábamos alguno para usarlo de carnada. Caminábamos en dirección a las bicicletas y desmontábamos las pequeñas cañas. Nada sofisticadas, solo un pequeño tramo de tanza acompañado de dos anzuelos y alguna boya colorida.
Tirábamos la linea y esperábamos el turno de la suerte, que la verdad pocas veces aparecía y cuando lo hacia dejaba mucho que desear, quizás alguna vieja de rio, más cangrejos, alguna que otra burriqueta, pero muy alejado de la corvina dorada soñada, que tanto nos contaban los lugareños, que las pescaban embarcados en esos barcos amarillos, que tanta ganas nos daban de subir.
mientras mirábamos la boya atentamente esperando lo que no venia, cada vez hacia más calor en ese húmedo cangrejal, o como le decíamos el laguito, que no lo era. Simplemente era un canal que derivaba de la ría, un gran lodazal cubierto de cangrejos coloridos, terminábamos la pesca nadando en el mismo, olvidándonos de los peligrosos pozos, que tanto nos contaban que habían hecho desaparecer a tantos paisanos, pero en la niñez hay algo que no existe y justamente es la noción del peligro.
Una vez, fue durante la siesta, nos habíamos escapado de la casa de la abuela, nos encontramos con un amigo del pueblo, Marcos. Fuimos hasta el puentecito, y nos tiramos de lleno, hacia mucho calor en el campo, agobiante y al rayo del sol se sentía aún más. Estábamos a los gritos jugando en el agua, aunque no nos dábamos cuenta que una amiga inesperada se nos uniría. Nos adentramos de lleno hasta lo más profundo, sabiendo que no debíamos pisar el fondo. Por la orilla comenzaba a zigzaguear una gran serpiente, que también le pareció un buen lugar para refrescarse.
Estábamos totalmente distraídos en nuestro juego, lanzando una pequeña pelota de tenis, que debíamos atajarla. La serpiente ingreso con mucho sigilo, no nos permitió hasta ese momento siquiera darnos cuenta de su presencia. Marcos lanzo la pelota pero se nos escapo de la mano, golpeo fuertemente cerca de la orilla, pero el agua parecía estar moviéndose de forma irregular, de repente notamos que algo andaba demasiado mal, de el zigzagueo aparecía una cabeza que se venia en dirección a nuestro juego. El miedo nos paralizó y era increíblemente rápida, nosotros parecíamos cuerpo muerto en el barro, la única salida era nadar en dirección a la otra orilla, que en verdad jamás habíamos aventurado a conocer, pero el riesgo era grande, lo hicimos pero no habíamos contado con el detalle del lodo que nos esperaba, nos trabamos al salir, nuestros pies se hundían, el miedo nos estaba jugando una mala pasada. Nos quedo solamente juntar barro y arrojarlo sobre ella, nuestra amenaza. Una y otra vez repetimos la acción, de pronto vimos que ella nado de lado y comenzó a buscar una salida por la orilla pero alejándose de nosotros. De alguna manera perdono nuestras presencias molesta en esa hora de la siesta. Igual el peligro no había desaparecido, por dos causas concretas, primero, habíamos quedado varados en el lodo, segundo decían que de ese lado había jabalís y animales grande, de hecho era una reserva de animales salvajes. Nos sentamos en el lodo y dejamos resbalarnos hasta encontrar nuevamente el lecho, empezamos a flotar y finalmente salimos a gran velocidad del río. Nos limpiamos en la orilla segura, nos secamos al sol juntamos todo y nunca nadie más hablo del acontecimiento, hasta hoy.
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